Lágrimas

No lloro
Vuelo mortal
Subo con mi perrita Luna a la sierra de Santa Cruz. Llegamos al Venero Chico y ella bebe. Llegamos al Venero Grande y ella bebe. Llegamos al camino del Puerto, y ella enfila hacia arriba como si fuera lo más natural del mundo, subir, subir hasta las estrellas y más allá. Llegamos al Cancho de la Misa, y ella se tumba al sol de media mañana, la lengua fuera, como diciendo, ya está bien. Subimos hasta la Casa del Cabrero. Luego hasta la Silla del Moro, allí donde el jeque árabe decía; "venga tos pabajo"... y despeñaba a los cristianos.
Allí tomo a mi perra en brazos y la lanzo al vacío, trescientos metros de acantilado, el horizonte a lo lejos, abajo la mortal piedra impasible y el dolor. Ella vuela hacia la muerte. Es mejor acabar así, sin la larga agonía de dolor de un cáncer de útero.
Pienso
Capricho roto
Krali cubre los hombros de la niña con el abrazo del padre protector que nunca tuvo. No te preocupes, tía, la vida es un capricho roto y duele, dice. La niña le mira sin comprender. En sus ojos hay una interrogante y un desconcierto. ¿Quién eres? Soy tu sobrino. ¿Y cómo es posible esto? Porque no eres real, princesa. Eres solo un recuerdo, la esencia de ti que mi madre ha depositado en lo más profundo de mi alma, si lo prefieres en el ancho y destartalado almacén de mis recuerdos a largo plazo. La luz cae desde arriba en tibias semillas blancas. ¿Soy un espectro, un fantasma? No. ¿Puedo salir a tu presente? Ya estás aquí, puedes continuar aquí; y Krali señala su costado izquierdo. Mi hermana... Está aquí también, tía, en esta casa, arriba, en el antiguo doblado, en un nicho que he construido sobre la repisa de la ventana que daba al tejado, hoy cegada por las obras. Quiero verla. Ven, sube. En el ángulo oscuro hay un visillo. El hombre lo descorre. Hay una ventana corredera. El hombre señala. Hay una lápida funeraria: un corazón de Jesús y un poema. La niña reconoce los versos. Sonríe.
Los pecados
Para mi hermanita Mari Carmen Azkona en el día de su sepelio.
Todos llaman al hombre de la barba blanca por su apellido: Krali. Solo algunos allegados saben su nombre. Su abuela siempre le decía: "¡Ay, cuánto quiero yo a mi Rüyalarin!". Viene de la Plaza de España por la Calle Miguel Primo de Rivera. Llega al número siete. Mientras mete la mano en el bolsillo, mira la fachada de su casa. Hay en ella un reloj que marca las cinco y seis minutos. Una pluma en un tintero. Unos libros que simulan ser aves en vuelo. Son los tres misterios ocultos que nadie sabe ver. También una arcada imitando el gris moteado del granito de las jambas de puertas y ventanas. Y la estantería de madera en la que se simula bien el silencio de los libros cerrados. Abre la puerta. Hay un pasillo de ocho metros y cuatro escalones que asciende hasta la puerta del patio interior. Al final del pasillo, a la derecha, hay una escalera. Krali descubre que en el quinto escalón hay una niña de unos cinco años. "Mi hermana me ha abandonado", dice entre balbuceos. Lo mismo que me hermanita Mari Carmen Azkona: ¿ha muerto? No, pero es que no se hace cargo de mis pecados.



