sábado, 24 de septiembre de 2016

La batalla

A mi amiga Trinidad Grande, 
sin la que esta historia no se hubiera escrito nunca.

... de Google


       Los ojos orgánicos de Elías Quimey miran el dedo índice de su mano derecha. Hay en él un pequeño corte, una herida de apenas un centímetro de largo por tres milímetros de profundidad. Por él, en pequeñas gotas, se le escapa un líquido rojo.
       — ¡Es mi sangre! — dice.
       — Eso es imposible — afirma Dogo.
       Mecánicamente Elías Quimey busca un pañuelo en su bolsillo y lo encuentra. Automáticamente se lo anuda en el dedo y aprieta con fuerza. Hay en todo su cuerpo una conmoción. Las nano células, por primera vez en su historia, no pueden cerrar la herida, tampoco contener los alaridos de las sirenas del sistema nervioso que corren despavoridas por todo su organismo. El pañuelo se empapa poco a poco del líquido. Y él siente calor en la herida, un calor que va más allá del necesario y entra en el cuarto de lo desagradable. Todo su ser está centrado en el pequeño corte. No puede pensar, sólo sentir el latido de la caldera en que se ha convertido la herida mínima. Su rostro se contrae en una vieja mueca muy de lo carnal, un gesto que en la antigüedad los extintos humanos llamaban dolor.
       — ¿Qué te ocurre? — pregunta Dogo, el soldado boina verde, su guardaespaldas — Te estás poniendo pálido, como si te faltara el aire.
       Elías Quimey se sienta y respira profundamente, una, dos veces. Luego mira por la ventana central, la que da al sur, y ve la luna. Está colorada, como su pañuelo, parece un horno. Dogo mueve inquieto su rabo; y para acompañarlo deja escapar un pequeño aullido lastimero. Su pata derecha roza la bota de su amo a modo de caricia.
       — Esto pasará pronto, no te preocupes — dice Elías Quimey —. Este suplicio terminará en el mismo momento en que la refracción total de la luz solar en la atmósfera deje de producirse.
       — Pero no lo entiendo — contesta Dogo.
       — Son las partículas de polvo las que tiñen la luna. Son ellas las que no permiten que mi dedo sane. Hay en ellas una carga mental no cuantificable, quizás el origen de todas las explosiones en forma de hondas mentales que estamos recibiendo estos días, vete tú a saber. La misma carga que parece estar detrás de todo este ataque. Tranquilo. Pronto todo volverá a su ser, en cuanto el máximo del eclipse pase.
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       — Pero, ¿para qué sirvo yo si no puedo defenderte? — pregunta Dogo.
       — Para estar aquí, a mi lado, hablando conmigo, ¿te parece poco?
       — Me siento mal. No puedo cumplir mis objetivos.
       — Yo también estoy confuso — dice Elías Quimey —. Hay dentro de mi cuerpo orgánico una escena que se repite una y otra vez. En ella aparece un humano que sube a una sierra acompañado de dos mujeres pelirrojas. El humano arrastra tras él una sombra de olvidos: otros seres humanos que se suman al paisaje como una bruma apenas perceptible, una suerte de calima ligera que hornea el pensamiento de los vivientes; también unos seres que tiendo a creer que nunca fueron más que ilusión de los sentidos, un tal Jacobo, un tal Pedro, pero que alimentan una realidad que lleva más allá de lo tridimensional, una realidad que se hunde en las raíces de un espacio desconocido, un espacio estático con un tiempo sólo en presente. Siento con toda claridad el miedo de este humano ante un ser menor, un animal cuadrúpedo, como tú, Dogo, un perro bien armado para la supervivencia. Siento la parálisis del hombre, lo mismo que ahora siento la impotencia de mis nano células ante este gotear de mi sangre. Comprendo la ancestral navaja del miedo, la siento incluso.
       — ¿Miedo, qué es eso? – pregunta Dogo.
       — El miedo es esto, Dogo, creer que este derrame no llegue a parar nunca – dice Elías Quimey mostrando su dedo ensangrentado -, temer que la certeza digital de que todo terminará pronto no sea más que una ecuación fallida, una ilusión matemática. 
       — Pero eso es imposible – dice Dogo.
       — Tan imposible como que yo sangre, sí. Y sin embargo así es, sangro. Es como si la carne que sustenta nuestros recipientes orgánicos, de repente, se alzara contra todas nuestras certezas y nos impulsara, nos exigiera, nos obligara, a ir más allá. Como si intentara imponernos lo incuantificable, y nos obligara a estudiar, y, a ser posible, a asimilar esa estructura de número impar que hoy es el frente militar que nos ocupa. Es, amigo Dogo, como si nos avisara de que hay algo más allá del dígito, algo más allá de todo lo constatable. En definitiva, que toda esa sombra de olvidos con la que sube el humano y las dos pelirrojas a la sierra, fuera lo sustancial, lo verdadero, lo eterno, en definitiva.
       Dogo, esa inteligencia artificial de seguridad, ese soldado boina verde en cuerpo mecánico de perro, con extremidades extensibles y permutables, de pronto, se levanta sobre sus patas traseras. La pata derecha sube y se queda apoyada en la cadera izquierda de Elías Quimey; la derecha alcanza y abraza el pecho. La lengua mecánica deja en la mejilla del post humano una fina lámina de saliva digital. No hay barro, tierra y agua, en definitiva. No hay más que esta muestra de afecto que Dogo es incapaz de contener, como si fuera un viejo perro orgánico llamado Bloy.
       Elías Quimey mira detenidamente la escena del abrazo sin tiempo que el perro le da al hombre que sube a la sierra acompañado de dos pelirrojas. Lo ve y recuerda las palabras de Paqui, la poeta: 


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       El barro, que es la conjunción
       de la tierra y del agua.

       Y Bloy que busca
       feliz las ranas
       que saltan sobre lo invisible.

       Y ese abrazo cuando te ve llegar:
       generosidad, alegría,
       cariño, corazón que se desborda.

       El resultado es esta mancha
       que cual la de la mora,
       tras el lavado, permanece.

       Mírala aquí. Siéntela aquí,
       en tu cabeza, en tu alma indestructible.


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Nota:

Este texto es el inicio del Capítulo 3 de una novela en construcción que se titula "101 cookies y una batalla", segunda parte de la novela publicada en 2015, de título "El yo digital de Elías Quimey y otras historia inverosímiles", y que puedes comprar pinchado aquí


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