sábado, 25 de julio de 2015

12 años después.

       En 2003, de la mano de Raúl de la Cruz de la Encina, por primera vez desde las elecciones democráticas de 1979, ganaba las municipales en Burujón, Toledo, el PSOE. Había cierta tirantez entre los vecinos, y nervios de felicidad en unos, y nervios de desencanto en otros. Y ahí hice mi pregón de fiestas, hace ya doce años, como lo que era, no podía ser de otra manera, como un escritor casado con una burujonera. 
       Esto fue lo que dije:


Santiago Solano
Momento del discurso
       Señor Alcalde Presidente del Excmo. Ayuntamiento de Burujón, Señores Diputados Provinciales, concejales todos, Hermanos Mayores, amigos burujoneros, familia; amigos de otros pueblos que os sumáis a esta fiesta: buenas y calurosas tardes.
       Un pregón de fiestas es, según el Diccionario de la Real Academia Española, un discurso elogioso en que se anuncia al público la celebración de una festividad y se le incita a participar en ella. Les anuncio pues que vamos a celebrar un año más las fiestas en honor de San Pantaleón, patrono del pueblo — honor, sí, para ese médico que se ocupó de los más pobres, para ese santo que nos dejó su sangre, esa sangre que cada año, cada veintisiete de julio, se licua, inexplicablemente, invitándonos con ello, cuando menos, a la reflexión —. Les invito pues, les incito, les ruego, que participen en estas fiestas, como homenaje a San Pantaleón y su milagro anual, y como respuesta unánime a esa callada labor de mucha gente, a esa mucha gente que está detrás de este festejo, y que se merecen que no les dejemos tirados.
       Hasta aquí todo va bien, ya les he informado que empezamos las fiestas, ya les he instado a que participen en ellas; pero es ahora cuando el problema surge, cuando he de cumplir el tercer requisito que exige un pregón de fiestas. El problema aparece cuando he de hacer un discurso elogioso. Y es un problema porque yo no he escrito nunca un discurso; he escrito otras cosas, sí, pero un discurso, para leer ante un público alegre que espera impaciente el comienzo de unas fiestas, nunca. Soy nuevo en esto de los discursos. Y por ello, para que no se note demasiado mi inexperiencia, y apoyándome en que me siento poeta, y por lo tanto rebelde, inconformista, observador, y un poco transgresor, he pensado que lo mejor será no hacer un discurso… Sí diré algo elogioso, que todos los vecinos presentes y todos los vecinos que en sus casas están, por buena gente, lo merecen, pero no un discurso al uso.
       ¿Y qué voy a hacer entonces para salir del paso, para salir del atolladero que supone el tener que representar el papel de Pregonero Mayor de las Fiestas de San Pantaleón 2003? Pues lo que sé hacer. Recitar. Les he escrito unos poemas. Unas poesías con todas las de la ley. Quiero decir, de esas poesías que riman, de esas poesías que todo el mundo entiende y que llegan al corazón, que emocionan. Bueno eso es lo que intento, y como dice alguien que anda por ahí, por el público, "si sale con barbas San Antón, y si no la Purísima Concepción". Y para ello, para escribir esta poesía, me he ido, nada más y nada menos, que al verso alejandrino, ese de catorce sílabas dividido en dos hemistiquios de siete sílabas. Y por lo que se refiere a la estrofa a lo más antiguo, a la cuaderna vía, que utilizara el legendario Gonzalo de Berceo, aquel monje que murió a mediados del siglo trece, y que escribió entre muchas otras cosas en un castellano antiquísimo, casi al principio de todo, aquello de:

Quiero fer una prosa en román paladino,
En qual suele el pueblo fablar a su vecino,
Ca non so tan letrado por fer otro latino:
Bien valdrá, como creo, un vaso de bon vino.

Había mucha gente, mucha expectación.
Propiedad de Santiago Solano
       Como este Gonzalo de Berceo he querido escribir estas poesías con las palabras corrientes, las que utilizamos a diario con nuestros vecinos, y arrancar con ellas del pozo del olvido lo que nos define, aquello que hemos sido, aquello que somos, y aquello que pretendemos ser; pero, dentro de la atadura de un ritmo clásico, que el arte de lo poético, entre otras muchas cosas es intentar ajustarse a los cánones, primero, escribir según los cánones, segundo; y superarlos, si nos es posible, en un último, peligroso y transgresor lugar. Como Berceo quiero hablar por lo llano, pero sin olvidar los latines, que no creo que esté reñido el libro y el campo, que más bien es que se complementan, que ambos aportan algo sustancial al mundo que es, independientemente de lo que creemos que es y de lo que queremos que sea, que son cosas muy distintas: la realidad y los sueños, lo de dentro y lo de fuera, lo del alma y lo del cuerpo. Así lo debió de entender un tal Hernández, de nombre Miguel, al que llamaban entre risita y risita sarcástica el poeta cabrero, y que escribía poemas con títulos tan cercanos como "La nana de la cebolla", o "vientos del pueblo", por ejemplo, que más de uno de los presentes seguro que recuerda. Eso pretendo esta noche, estar cerca de ustedes, si me permitís de vosotros, con vosotros, en vuestro pensamiento. Y de paso elevar este momento irrepetible, este comienzo de las fiestas de 2003, al espacio de lo que no termina nunca, no se va nunca, está siempre, al espacio de lo perdurable: es decir, al rango de lo poético.
       Porque Burujón está lleno de poesía, es todo él poesía, todo él emoción, todo él ritmo. Tierra y cielo, aire limpio, campo, olor a campo, olor a paja, amplitud, serenidad, arrullo de tórtolas, carrera desenfrenada de la perdiz, palomas. Una amapola a la vera de un camino, y una margarita, y un hormiguero, y una liebre corriendo en la distancia. ¿Quién, con una gota de amor en el corazón, se puede contener y no escribir un poema a los campos, al campo de Burujón, a esa madre tierra callada que nos cobija y nos mantiene y nos enseña que la vida puede ser bella, que sólo hay que desearlo, desearlo mucho, cerrar los ojos, dejarse llevar? 
Éste es pues mi primer poema titulado:

Los campos

Un pueblo toledano puesto al sol que te mira
y te tiende su mano. En el recuerdo la ira
de los hombres. No en vano arde y se ensancha la pira
del olvido. Y el grano de trigo, ¡qué alto gira!

Gira y se mece lento, dejándose llevar
por el beso del viento que trae aroma de azahar;
y tomillo sediento de aceituna y de lar.
Es el pueblo un acento, la ola alta del mar.

Un mar verde que crece. Tierra desierta y dura
de noviembre. Se mece el recto surco en la altura
de las lomas. Y a veces, la veloz estructura
de la liebre que emerge y se escapa a la espesura.

Espesura de amores palpita en la canción.
Espesura y sabores dulces; y esta oración
de sosiego. Calores de julio y de pasión.
Pantaleón trae la cesta santa de la ilusión.

       He dicho que Burujón está lleno de poesía, y es verdad. Y como todas las verdades, esta verdad está llena de recuerdos; porque la verdad no es otra cosa que una suma de recuerdos que nos llevan a una situación determinada, a un ahora anclado en el inestable puerto del presente que es nada, algo tan sutil que se nos va de las manos, que parece no existir siquiera, que se escurre como un pez al agua serena, o derrotada, o rizada, o tormentosa, del ayer, del hace unos instantes, del hace unos siglos. Somos pues lo que fuimos en la medida en la que el pasado sostiene al presente, en la medida en la que el pasado hace como de base del edificio del ahora, este ahora de esplendor y gloria que vivimos. Porque no lo dudéis, vivimos unos momentos buenos, unos días que llegan cargados con los problemas irresolubles de siempre, tentándonos, incitándonos al desánimo, como una maldición que no se acaba nunca. Pero reconozcamos que hoy la vida en el campo es más fácil, menos bohemia, menos arriesgada, menos insoportable, menos fatigosa. Las máquinas han eliminado la brutalidad de las manos del hombre para llevarlo a una situación de desahogo: hemos eliminado la hoz de la siega, y eso es mucho; hemos eliminado la espera matutina del viento de solano para separar la paja del trigo, y eso ya es mucho. Y esto no quiere decir, en absoluto, que la vida en el campo hoy sea fácil. No, que otros factores, entre ellos el humano, el horror del factor humano que sólo busca la riqueza por la riqueza, lo enturbian todo. Esto quiere decir sólo, únicamente, que la vida es mejor, mucho mejor que la que vivieron nuestros antepasados.
       Este otro poema habla de aquellos tiempos de trabajo sin esperanza, de desesperación y miseria, de aquellos tiempos en que el hombre era más un animal que un hombre; y de aquella imagen grabada a fuego que nos dejaron aquellos elementos de trabajo, aquellos animales de labranza, aquellos aperos, aquella otra vida vivida por ellos que sigue aquí, entre nosotros, en nuestro corazón, en nuestra cabeza, en un arcón llamado recuerdo, y que conforman el mundo poético en el que estamos inmersos, en el que intentamos penetrar esta tarde, esta noche. Éste es pues el asunto de mi segundo poema que titulo:

El alborozo en el trillo

Había en el pueblo, la memoria no me alcanza,
un molino. Marcos nos molía la esperanza
de un año en un momento. Caballos de labranza,
jacas, asnos y un viento de aventura en la lanza.

Lanza y carro, camino del comienzo del mundo.
La parva era el destino del haz; y en lo profundo
del pecho del muchacho, aquel brote rotundo
del alborozo en el trillo. En la nostalgia me hundo.

Hundo mis manos torpes en aquella agua pura
y veo una botija, y aquella vieja hartura
de pan duro y miseria. Hambre, y una factura
de sudor sin pagar que se pudre en la espesura.

Espesura de amor. Pálpito y la canción.
Espesura y sabores dulces; y esta oración
de silencio. Calores de julio y de pasión.
Burujón trae la cesta humana de la ilusión.

Las Reinas de las Fiestas estaba guapísimas.
Propiedad de Santiago Solano
       Pero el recuerdo es traicionero, se dilata y se contrae, como el tiempo, según el ánimo del instrumento musical que lo toque. Se contrae hasta el dolor, la tristeza, la nostalgia, incluso hasta la desesperación; y se dilata desde la alegría sencilla de una sonrisa, o un beso fraterno, o un primer beso de amor, hasta la alegría desbordada de un cumpleaños, una boda, un bautizo. Porque Burujón, la gente de Burujón, también es alegría: sois gente de mirada limpia como el cielo, gente de sonrisa fácil como el calor del verano, gente de palabra noble, sin dobleces, como la verdad exacta de la palabra pan, o leche, o vino. Sois un estallido de vida y de ilusión que se oye en el resto del mundo, porque llenáis el espacio de lo pequeño, que conforma a su vez el espacio de lo grande; y hacéis posible, con ello, que con vuestra maravillosa pequeñez se vaya completando esta variedad infinita de seres anónimos que es la vida, la misma vida. Vosotros sois la vida. Tened conciencia plena de que el mundo sin vosotros no sería el mundo, este mundo que conocemos. Comprended que el mundo os necesita, necesita vuestro trigo, vuestra cebada, vuestras granjas de pollos, vuestros jamones, vuestras aceitunas, vuestro aliento de cada mañana, vuestro sentir de cada tarde, cada latido de vuestro corazón. No dudéis que sois importantes, tan importantes como el polvo de los caminos, o el aire que respiramos, o la luna en el cielo de una noche estrellada.
       Hay manifestaciones culturales que demuestran que sois alegres y generosos. Recordemos las procesiones de San Antón, y aquellos saltos sobre las hogueras que se hacían no hace mucho en cada esquina del pueblo: ¡Qué ricos aquellos bollitos de aceite o manteca, con aquella copita de anís!, ¡ Qué delicia aquellas longanizas de las matanzas apenas terminadas!
       ¿Y todo esto por qué?
       Por la misma razón por la que estamos hoy aquí, porque estamos vivos y queremos dar fe de ello. Éste es el asunto de mi tercer poema que titulo:

Por San Antón, hogueras

En cada barrio había, por San Antón, hogueras,
ascuas, anís, bollitos… y algunas borracheras.
Por las calles del pueblo van las vacas lecheras
balanceando las ubres. Olor a sementeras.

Sementeras nacían de vecindad, chorizos
frescos de la matanza, vino; y aquellos rizos
tras los viejos postigos. Era un sueño. Hechizos
de una hechicera buena que apaga los chamizos.

Chamizos que en el alma arden. Y la dulzura
de la procesión. Gato, oveja. Y la altura
del mirar del abuelo: maciza arquitectura
de una vida de campo que expira en la espesura.

Espesura de amores. Se escucha una canción
que huele a vino añejo. Dulce es esta oración
de reposo. Calores de julio y de pasión.
Pantaleón trae la cesta santa de la ilusión.

       Sois importantes, digo, y repito que lo sois. Vosotros y vuestro paisaje que conozco en todas las estaciones del año…
       En otoño e invierno el campo está como dormido, bajo la escarcha, bajo la niebla, bajo la lluvia, con los surcos recién abiertos y el erial devastado; y vuestras casas están quietas, con un hilo de humo en el tejado, como esperando que ocurra algo sobrenatural que os reanime. Es la hora del brasero y del frío, de los días de cielos cubiertos de nubes y de luz menguada.
       En primavera es la explosión: el color rojo de las amapolas, la subida del mar verde de las cosechas, como una esperanza de eternidad que emerge de la misma tierra, el azul impoluto del cielo, y los rayos del sol en la cara.
       Y en verano la quietud, vuelve la quietud: es el calor que todo lo aplana y lo seda, es como si descansáramos del esfuerzo por vestirnos de juventud y de alegría.
       Pero, queridos amigos, no es sólo esto. Tenéis las barrancas. Quien no las ha visto no sabe lo que es la belleza. Porque hay montañas que se ven desde muy lejos, que son como murallas de piedra dura que cortan el paso. Las barrancas son tierra, sólo tierra, esta tierra quebradiza que alimenta nuestros cultivos, una altura que aparece de pronto, como un susto, una fragilidad estable que encara el mismo poder del viento y que cae, cae, cae, parece que no se termina nunca, sobre las aguas de un río Tajo que, sorprendido de tanto fasto y tanto esplendor, o aterrorizado de tanto poder y tanta eternidad, gira sobre sí mismo y escapa hacia lo bajo, hacia el silencio de la planicie, hacia la soledad de la nada.
       Y allí, a aquel lugar mágico en el que el cielo y la tierra se dan la mano, allí os vais a comer la tortilla el día de San Blas, a tomar los primeros rayos del sol de febrero, que son como una promesa, a compartir el sudor de bajar la pendiente, de subir a la altura del Cambrón, de dejar que el tomillo os limpie todo el cuerpo alveolar de vuestros pulmones.
       De esto habla este cuarto poema que titulo:

San Blas, en Las Barrancas

La tortilla, en el campo. San Blas, en Las Barrancas,
esa caída del mundo sobre el agua que arranca
el alma del hastío. ¿Quién puso allí palanca
y nervio? ¿Quién te impulsa hacia lo alto? El anca

de una mula gigante me parece el abismo
que los ojos y el alma ven desde el borde mismo
del acantilado. Vértigo. Y el espejismo
de la eternidad, allí. Se esfuma el egoísmo.

Es como una llamada discreta de la altura
a compartir los licores de la amistad. Pura
belleza de la tierra que anima a la escritura
de esta estrofa antigua que entra lenta en la espesura.

Espesura de amor: Latido. Y la canción
de ritmos alegres que olvidan esta oración
de silencio. Calores de julio y de pasión.
Burujón trae la cesta humana de la ilusión.

Extraída de Google. Las Barrancas de Burujón.
       No tengáis pues miedo de mostrar lo que sois, que la balanza vence hacia lo bueno. No tengáis pues miedo, digo, de mostrar todos vuestros aciertos que son muchos, y de recordar, más que nada para no repetirlos, vuestros errores. No tengáis miedo de decir que os gustan los carnavales porque son motivo de transformación del yo real en un yo ficticio, en un yo imaginario que posee todo lo que no nos atrevemos a poseer en el discurrir diario — vaya usted a saber qué riendas nos sujetan y por qué —. Os gustan los carnavales, os gustan, sí, porque son lugar de ocio y expansión, y recreo, y, nuevamente, bullicio, risa, canto, baile, fiesta. No tengáis miedo de decir que os gustan las historias que se representan en los escenarios, que os gusta el teatro, como actores y como público, que os enamora, y os engancha, y os arrebata ese sueño de realidad que se alza y se tumba en poco más o menos dos horas, entre esas tres paredes. ¿No recordáis ya que este pueblo ha tenido grandes actores y grandes compañías de teatro, aficionados, con mucha enjundia y muchos premios concedidos? ¿No recordáis aquel Jesucristo Superestar, o aquella Zapatera Prodigiosa, que os hacía reír y llorar y ser un poco más personas? ¿No recordáis aquel pueblo unido por el pensamiento y la ilusión de un mundo en el que todos pudieran aportar un grano de arena igual a otro grano de arena? ¿No recodáis el baile de las pujas? ¿No recordáis el Canal TV Burujón?
       Habéis hecho muchas cosas maravillosas desde que Burujón existe como tal, desde aquel lejano año de 1203 en el que ya había una alquería mozárabe en estas tierras, y Burujón era un grupo de cuatro casas de adobe. Habéis hecho muchas cosas desde la escisión del pueblo como pedanía de Toledo, allá por 1629, cuando os constituisteis en villa. Habéis hecho muchas cosas desde la jura de la constitución de 1812. Cosas impensables para otros pueblos y otras gentes. Y ahora os queda lo más importante. La perseverancia. Seguid en este camino ilusionado de ser vosotros mismos, de avanzar desde la tradición hacia vuestro destino. No dejéis que nadie os ate “al duro banco de una galera burguesa”, que dijo el poeta, el poeta extremeño, Pablo Guerrero. Y lo más importante de todo: sed libres, buscad la verdad, que como dijo el evangelista: la verdad os hará libre.
       Este quinto poema habla de esto que acabo de decir, de carnavales, de tradiciones, de amor, de ilusión, de vosotros mismos, y lo titulo:

Macario y los carnavales

Macario se hizo un traje de esparto: Carnavales.
¡Qué contento iba Nohalos abajo! Vendavales
de máscaras, disfraces, diversión. Los chavales
en la plaza del pueblo vestidos con retales.

Los que iban a la caza traían las perdices.
Y había baile y una subasta de narices.
Se decían cuatro misas a las infelices
ánimas con el dinero recaudado. Dices

bien Macario. El baile de la puja era pura
jarana y compromiso… que pudo más la luna
y el amor que los dineros. ¡Qué beso de altura
rueda del corazón y se adentra en la espesura!

Espesura del hombre. Se escucha una canción
que huele a licor viejo. Dulce es esta oración
de dispensa. Calores de julio y de pasión.
Pantaleón trae la cesta santa de la ilusión.

       Y para terminar, decir que todo esto que he dicho, en este formato propio de un pregón de fiestas — elocuencia y elogio, principalmente — y algunas cosas más que me reservo por ser del ámbito de lo privado, me llevaron en su día a escribir un poema titulado “de violeta”, que está publicado en un libro llamado “La sombra de la casa”, dedicado a todos los brujoneros, y que es, como no podía ser menos en un poema, la ex-presión mínima de este mi enamoramiento del pueblo de Burujón y sus gentes: expresión llevada hasta sus últimas consecuencias, hasta el lugar mismo de la abstracción poética.
       Esto me habéis dado vosotros, pie para escribir un primer poema, que espero sea sólo el comienzo de otros muchos. Por eso, esta noche mágica quiero terminar leyendo primeramente este poema sobre Burujón, que será el último de esta noche, y, segundo, devolviendo al origen, o sea a vosotros mismos, lo que es vuestro — vuestra palabra, vuestro latido íntimo —, que va, creo, en cada una de las cien copias de este libro que os devuelvo como un regalo; aunque sé muy bien que no hay tal regalo, porque lo que es vuestro, vuestro es.

De violeta

A las gentes de Burujón

Aquí la raya del horizonte es línea
fina difuminada por la amplitud.
Aquí la niebla y la escarcha blanquean
los surcos recientemente abiertos.

Aquí el frío corta y tiñe de violeta
la piel, y todo está como dormido.
Aquí la helada que tomas de las plantas
se te derrite prontamente en la mano.

Aquí se advierte fácilmente que hielo
somos al calor del paso del tiempo,
y que nos vamos licuando y cayendo.

Aquí la verdad está escrita en la cuneta
de los caminos con palabras sencillas,
y todo es natural y nada da miedo.

       Y ahora, todos unidos, todos a una, abramos oficialmente el cántaro de la fiesta. Griten conmigo:
Viva San Pantaleón.
Vivan las fiestas de San Pantaleón.
Viva Burujón.
Vivan los burujoneros.
Queridos vecinos, quedan inauguradas las fiestas en honor de San Pantaleón del año 2003. Buenas noches y muchas gracias.

Raúl de La Cruz, alcalde de Burujón, a la derecha, saluda al Pregonero Mayor tras su discurso.
Propiedad de Santiago Solano




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